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24.06.2006 |
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Alta en el Cielo Por Betty Alvarez
Hay próceres de la historia nacional que no se discuten. José de San Martín y Manuel Belgrano, sin dudas, encabezan la lista de indiscutibles héroes patrios a quienes adjudicamos todas las virtudes, todos los esfuerzos, todas las hazañas. Hombres a quienes despojamos de su condición de tal para inmortalizarlos en el bronce. Parece que la historia oficial, más que hombres de carne y hueso con virtudes y defectos pero capaces de jugarse mucho más que la vida por un ideal, necesita superhéroes de ficción grandilocuentes y envarados, sin mácula, sin rasgos humanos que puedan asemejarlos a cualquier otro argentino, no sea que a cualquier ciudadano común se le ocurra que puede ser un San Martín o un Belgrano y comience a plantearle a muchos otros ciudadanos comunes que con hombría, educación, honradez, principios, decisión y coraje muchas cosas pueden modificarse y el día menos pensado los verdaderos autores de la historia oficial (que no son los historiadores) se encuentren con un pueblo fuerte y decidido que sabe hacia donde quiere ir y, más grave aún, conoce el camino que debe seguir. Y con esa vocación por lo necrológico que tienen los hacedores de la historia oficial, en lugar de recordar a Manuel Belgrano en el día de su nacimiento lo recordamos en el día de su muerte. Quien no tenga esos datos en la memoria podrá pensar que, tal vez, el natalicio de Don Manuel no coincide con el calendario escolar y entonces por eso se lo recuerda en el día de su defunción. Error. Don Manuel Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano nació un 3 de junio de 1770 en Buenos Aires y murió un 20 de junio de 1820. ¿Por qué será que los autores de la historia oficial prefieren la muerte a la vida? ¿será que para ellos es mejor un Belgrano muerto que un Belgrano vivo? Y si seguimos con el recorrido oficial nos encontraremos, en los inicios de nuestra historia como pueblo independiente, con un Belgrano a quien se nombra muy de pasada, muy por obligación como integrante de la Primera Junta. No se habla del trío Moreno-Castelli-Belgrano, ni de su participación activa en la Legión Infernal, ni de su profunda convicción revolucionaria. La historia oficial decidió que hay que escolarizar mostrando al romántico creador de la bandera mirando al cielo para inspirarse en sus colores. Manuel Belgrano fue uno de los hombres más nobles, generosos y valientes que ha parido nuestra tierra. Hombre ilustrado, apasionado por la educación popular porque sabía que un pueblo instruido es mucho más difícil de engañar. Militar por obligación y revolucionario por decisión, uno de sus mayores gestos de rebeldía fue, precisamente, la creación de la bandera que hoy nos identifica como Nación. Como la mayoría de los hombres que se jugaron mucho más que la vida por esta tierra, Manuel Belgrano murió en la miseria y el olvido. Imagino que más que palabras que ensalcen su nombre cada 20 de junio, don Manuel aprobaría, con una chispa de esperanza en sus ojos azules, gestos, iniciativas que pongan de pié a la patria que soñó. Acciones concretas que dignifiquen esa bandera que nos identifica como Nación libre y soberana.
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